Relatos de Lockhaven

Porqué luchamos...

Final primera temporada

La noche estaba comenzando. Kyle afilaba su lanza mientras Thom descansaba sus viejos huesos junto al fuego, fumaba y pensaba. Los últimos días les habían traído algunas misiones, nada serio. Simples recados para un Guardia Ratón. Pero sin nada que hacer hasta que el suministro de feromonas estuviese listo para ser despachado, tareas menores como aquellas al menos les mantenían en forma.

Aun así, la mente del viejo Thom estaba lejos de allí, con sus dos hermanos, Nathaniel y Sloan. Sloan, su aprendiz.

La pequeña Sloan sobre todo. Tan llena de idealismo, energía juvenil y rebeldía. Una magnifica Guardia Ratón, si solo pudiese superar ese momento crítico de la juventud en el que crees que puedes, que tienes que demostrarle algo a alguien. Thom se palpó inconscientemente, la cicatriz de la cara.

“En realidad no hay nada que demostrar. Nadie está mirando lo que haces. Nadie”, pensó.

Casi como conjurados, la puerta del cuarto se abrió y dejó paso a dos ratones. Cansados y agotados, se derrumbaron junto a la puerta, nada más pasar. Las capas les hacían inconfundibles. Eran Guardias Ratón. Y lo que es más, eran Nathaniel y Sloan. Thom contuvo su sorpresa. Algo en sus viejos huesos se removía. El porqué estaban de vuelta se sabría pronto y sentía que este era el momento clave del aprendizaje de sus pupilos. No debía apresurarse.

Kyle se lanzó sobre sus compañeros, ansioso de noticias.

“¡Nathaniel! ¡Sloan! ¡Habéis vuelto! ¡Qué ha ocurrido? ¿Que…”
“Un ejército”, murmuró Nathaniel, algo más entero que su compañera.
“¡Un ejército! ¡De que hablas? ¡Qué ejercito?”, siguió acosando Kyle.
“Veinticinco ratones, más o menos, vienen hacia aquí, a conquistar Sprucetruck”, apuntilló Sloan, cuando finalmente se puso en pie. Su mirada se cruzo con la de Thom, durante un instante.
“¡Pero quien….”, continuó Kyle, pero Thom le interrumpió.
“Kyle, acerca a tus compañeros al fuego y mira si tenemos algo de comer”

Los ratones se reunieron junto al hogar. Nathaniel y Sloan les contaron lo que había ocurrido con Medianoche, y los refugiados, y los mercaderes y como la Guardia Ratón había intentado mediar, sin ser su labor y sin lograr grandes resultados, haciendo que Medianoche se indignara y conspirase para lanzar un ataque sobre Lockhaven.

“¡Pero es indignante! ¡Malditos empresarios chupasangres!”, exclamó con indignación Kyle.
“Pienso igual. Hay demasiados ricos comerciantes. Deberían quitarles todo, así aprenderían.”, convino Nathaniel.
“¿También a tu suegro, Nathaniel? ¿El posadero? Tu suegro ha trabajado cada hora de su vida para levantar algo propio. Algo que pretende que siga en pie cuando el muera y continúe dando trabajo a tu esposa, su hija, y quién sabe si a ti mismo cuando te sientas viejo para seguir luchando”, preguntó Thom.
“Pero hay gente que tiene demasiado y no es justo…”, continuó Nathaniel.
“La vida no es justa. Eso ya lo aprenderás. Es injusta porque la gente quiere tener lo que no tiene, da igual si lo merece o no. Y no creas que es solo un pecado de los poderosos. Eso son leyes y política y no somos políticos. Los Guardias Ratón estamos por encima de eso”, respondió Thom e hizo una pausa, mirando con toda la intención a Sloan. “Bienvenida de nuevo”.
“Gracias Thom”, dijo ella agachando imperceptiblemente la cabeza.
“Te fuiste en busca de un líder detrás del que luchar por algo justo. ¿Por qué has vuelto?”,
“Porque… porque vi como Medianoche conspiraba para tomar el poder en Lockhaven”
“Quizás en Lockhaven están equivocados”
“¡Pero es que no se preocupa de si están equivocados o no! ¡Solo le preocupa hacerse con el poder!”
“Entonces, te pregunto de nuevo, ¿Por qué has vuelto?”
“Porque mandó aquí a una tropa de 25 ratones a conquistar Sprucetruck”
“¿Y?”
“Y si lo consiguen… puede que no haya frontera de olor el año que viene y entonces…”, hizo una pausa, esperando un comentario, una pregunta, cualquier cosa, pero Thom sostuvo su mirada y nada más, “…entonces la gente sufrirá, sin distinción de ningún tipo”.
“Y nosotros somos la Guardia Ratón…”, le ayudó Thom.
“… estamos por encima de la política. Tenemos que evitar que la gente sufra”, finalizó Sloan.

Se hizo un momento de silencio junto al fuego, roto sólo por el crepitar de las llamas y el crujido de la capa de Thom, al apartar sus pliegues en busca de su bolsa.
“Si has entendido eso, entonces ya no tengo nada que enseñarte. Ten”, le dijo, tendiéndole una carta plegada y lacrada. El lacre estaba desgastado y quebradizo, señal de que llevaba bastante tiempo escrita. “Entrégasela a la matriarca cuando todo esto acabe. Ahora ya estás preparada”.

“Pero eso será si sobrevivimos. Ahora tenemos trabajo que hacer. ¿Qué tiempo calculáis que tenemos?”, preguntó Thom, tras una pausa.
“Un día. Quizás algo menos”, respondió Nathaniel.
“¿Que podemos hacer hasta que lleguen?”, los tres jóvenes ratones se miraban confusos ante la ausencia de órdenes, algo que Thom entendió. “A Sloan ya la he dado la bienvenida. Aun no ha pasado la ceremonia, pero eso es un técnicismo. Somos todos ahora Guardias Ratón. Puedo tener la última palabra, pero no estoy ya por encima de vosotros. Mi papel como tutor ha terminado. Ahora solo soy otro Guardia Ratón. ¿Qué hacemos entonces, hermanos?”
“Yo… yo puedo ir y sembrar de trampas los accesos a Sprucetruck”, se aventuró Sloan. Thom asintió.
“Yo revisaré las ventanas, puertas y accesos. Se me da bien la madera y creo que nos permitirá aguantar el asedio más tiempo”, añadió Nathaniel.
“Creo que hay que avisar a la gente. Para que evacuen a las mujeres y a los niños, y para que los adultos nos ayuden”, finalizó Kyle.
“Me parece bien”, Thom sonreía internamente, “Por mi parte ayudaré a Kyle, aunque se que no necesita mi ayuda. Tenemos poco tiempo. Aprovechadlo”.

La noche fue mucho más corta de lo que hubieran deseado los cuatro Guardias Ratón. Aun así, con el despuntar del día, Sloan terminó sus trampas y Nathaniel miraba satisfecho los refuerzos emprendidos en puertas y ventanas. Posiblemente Sprucetruck aguantaría. Tal vez.

Las gestiones de Kyle y Thom fueron menos exitosas. Los habitantes de Sprucetruck parecían poco o nada dispuestos a arriesgar sus vidas por algo que les parecía ajeno. Por la noche, en medio del terror a la guerra, había empezado la huida de los refugiados. Carros llenos de enseres se agolpaban en el camino, ratones caminando hacia el pueblo más cercano, con tal de huir de la inminente batalla. En medio de la plaza, al despuntar la mañana, un ratón de ciencia se subió a un cajón de madera y empezó a llamar a sus vecinos.

“Amigos”, gritó, “¿a que tanto miedo y prisas? Nos dicen que un ejército viene a hacerse cargo de Sprucetruck. Pues bien, yo digo ¡que se hagan cargo!”.
Thom y Kyle observaron con preocupación como más y más ratones giraban su cuello a mirarlo. Algunos incluso asentían.
“Somos científicos”, continuó, “todo mi trabajo está en esta ciudad. No soy guerrero, no soy político, esta guerra no es asunto mío. ¡Yo digo que abramos la puerta a ese nuevo ejército y rindamos la ciudad pacíficamente!”, algunos comenzaron a aclamarlo. Voces nerviosas y asustadas.
“¿Y después?”, exclamó en respuesta Thom desde el otro lado de la plaza, mientras se acercaba al cajón.
“Pues… seguimos nuestro trabajo”
“¿Y si no te dejan seguir tu trabajo? ¿Y si confiscan la feromona?”
“Nadie estaría tan loco como para…”
“Tu has visto pocas guerras hijo”, le dijo Thom, ya a su lado, “y en la guerra se hacen muchas locuras”, Thom se giró hacia el público congregado y trató de contrarrestar el efecto del derrotista. “Hacia aquí viene una turba de 25 matones, más o menos. Nada con lo que la Guardia Ratón no pueda lidiar”
“¡Pero si son cuatro!”, le interrumpió el derrotista.
“Es cierto, y quizás deberíamos darles ventaja para que no se diga que la Guardia Ratón son una panda de abusones. Pero es la guerra y no me gusta confiarme. Quizás tengan un par de ratones hábiles entre ellos, después de todo”, algunas risas nerviosas reaccionaron a la bravuconada de Thom. “Los ratones que vienen aquí, quieren la feromona. Quieren que se rompa la barrera de olor. Quieren lobos y comadrejas campando a sus anchas por el territorio. Y quieren la feromona para aislar a su ejército. Y cuando por fin, sus enemigos hayan muerto por causa de los animales, esperan insensatamente, restaurar la barrera de olor y ser los reyes de los escombros. Eso es lo que Medianoche quiere. Conozco a los de su calaña, y la gente como vosotros no le importáis nada”.
“¡Pero solo sois cuatro! No podréis pararles”, insistió el derrotista, aun sabiendo que había perdido el duelo.
“Aceptamos gustosos cualquier ayuda”, grito Kyle, callado hasta entonces. “Nos puede venir bien para vigilar puertas, ventanas, apagar fuegos, vigilar y proporcionar suministros”, a las palabras de Kyle, muchos jóvenes ratones empezaron a levantar manos y a ofrecerse voluntarios.
“¡No somos guerreros! ¿Queréis que muramos aquí por vuestra estúpida batalla y gloria?”, gimió el derrotista.
“La ruta de evacuación sigue abierta. Te sugiero que te des prisa”, le gruñó Thom.

Un par de horas más tarde, estaba casi todo dispuesto. Thom, Nathaniel y Sloan habían dispuesto una última sorpresa. Camuflado como si se tratase de un carro abandonado, habían preparado una trampa especialmente diseñada para una turba de guerreros indisciplinados. Cinco barriles de la mejor cerveza, aderezada con los mejores laxantes que pudieron encontrar. Eso le dejaría, si no fuera de combate, si vagamente aptos para el mismo.
Kyle había encontrado una inesperada ayuda de última hora. Un viejo ratón, científico, le había prometido ayuda en forma de un compuesto interesante que el sintetizaba. Al contacto con el aire, ardía como el sol en una bola de llamas. El viejo alquimista solo esperaba la señal de Kyle para hacer caer el fuego sobre el enemigo.

Con los primeros rayos del sol despuntando sobre los arboles, atisbaron a los primeros exploradores. Poco a poco, el recodo del camino, lejano aún, se plagó de guerreros armados de una forma totalmente heterogénea. Algunos descubrieron el carro con gran alegría y alborozo.
“¡Dejad la bebida para más tarde, idiotas!”, intentaba contenerlos su capitán. Pero sus guerreros no hacían caso. Los Guardias Ratón sonrieron torvamente desde su puesto de observación.

Pero la sonrisa se les borró pronto. Un estúpido ratón avanzaba por el camino con un paño blanco ondeando al final de una rama. Los soldados lo recibieron a golpes, patadas, y de los brazos lo arrastraron hasta su jefe. Postrado ante el jefe, de rodillas, murmuró algo, señaló en torno al camino con movimientos circulares.
Les estaba indicando las trampas.
Luego un gesto ostensible de ponerse una capa al cuello.
Les estaba diciendo que había Guardias Ratón en la ciudad.
El jefe de ellos miró en dirección a la misma y pareció verlos. Luego asintió. Extrajo una bolsa de dinero de su capa e hizo un gesto a su segundo. El ratón traidor se puso en pie, sin quitar los ojos de la bolsa, sin ver el puñal que había aparecido en la mano del subalterno. Era el derrotista, el que se quería rendir. Su cuerpo inerte fue lanzado a un lado y los guerreros comenzaron a arremolinarse en torno a su jefe.

“Bueno muchachos”, rompió el silencio Thom, “me parece que ese pobre idiota no ha chafado las sorpresas de Sloan”.
Aun así, el efecto de la cerveza se empezaba a notar. Muchos ratones aun seguían bebiendo, pero muchos más desaparecían con rapidez entre los árboles. Con gran rapidez.

Algo más tarde comenzó la batalla. Al principio, los ratones rebeldes intentaron un asalto frontal, como distracción para un acceso por los laterales, pero Nathaniel les estaba esperando. Muchos ratones cayeron al vacío, sujetos aun a las escalas que Nathaniel iba cortando. Kyle, ayudado por jóvenes de la ciudad, defendía con vigor la puerta y ningún guerrero conseguía entrar. Sloan y Thom batallaban en la primera línea, devolviendo los ataques del enemigo. Las fuerzas rebeldes disminuían en picado.

Pero para Thom, aquello era una inútil refriega, que solo reportaría la muerte de jóvenes ratones. Los enemigos eran ese capitán de Medianoche y su segundo. Muertos ellos, de seguro que los soldados se rendirían o huirían. Y en una maniobra suicida, aprovechó una abertura entre los grupos que asaltaban los muros de Sprucetruck y corrió hacia ellos a presentar batalla. Se dio cuenta demasiado tarde de la mirada sonriente del segundo.

Las líneas, que tan de una manera tan aparentemente caótica se habían abierto, se cerraron al levantar de la mano del segundo. Siete ratones, la mitad de los rebeldes aún activos, le rodearon y mostraron sus armas mientras los demás conseguían romper la defensa de la puerta y entrar en la ciudad, comenzando una matanza de civiles armados con piedras y garrotes.

Thom se defendía con vigor.
“Solo matones”, se decía. “Son solo matones”.
Rechazaba los ataques y de vez en cuando hería a uno de ellos, con lo cual sus defensas quedaban bajas durante un segundo. En algún lugar escuchaba la voz de Sloan, intentando llegar hasta él.
“No te hagas matar pequeña”, murmuraba para sí, entre dientes, mientras giraba y giraba ofreciendo siempre una promesa de muerte al que se acercara demasiado. Entonces vio al líder, tras dos de sus muchachos, que hacía un gesto con la espada que sostenía. Thom se lanzó en estocada limpia, y su mero impulso desequilibró a los dos matones. Pero no vio el brillo del puñal del segundo.
Cruzó espadas con el capitán y en ese momento supo que todo se había terminado.
“No más guerra para mí. Se acabó. Por fin.”

Nathaniel acudió en ayuda de Kyle, cayendo como muerte desde el cielo, saltando sobre los enemigos desde un tejado. Kyle ensartó a dos de ellos y los cuatro restante, huían, cuando el alquimista les lanzó su invento desde lo alto de la puerta. Aquellos sucios ratones desaparecieron en la bola de luz que solo dejó tras de sí un olor a requemado y negros tizones retorcidos. El fuego empezó a lamer las paredes del tronco de Sprucetruck, pero los ratones civiles se encargaron de apagarlo. Nathaniel y Kyle les dejaron solos y corrieron a campo abierto para ayudar.

Desde la distancia vieron como Sloan gritaba el nombre de Thom, derribaba con un golpe de escudo al segundo de las tropas rebeldes, para a continuación rematarlo con el canto en el suelo. La sangre la salpicó, dejando una granja roja sobre su cara y armas. Thom trastabillaba, aguantando las estocadas del capitán. La empuñadura de una daga sobresalía de su espalda, a la altura de los riñones. Finalmente, las fuerzas le fallaron, y el capitán le apartó la espada de un fuerte golpe. Cuando parecía a punto de rematarlo, Sloan cubrió el golpe con su escudo. Nathaniel y Kyle corrieron hacia allá, a ayudar. Sloan, se defendía bien pero no podía atacar. Kyle llegó primero, arreando por detrás en las rodillas al capitán, que se derrumbó en el suelo. Sloan le golpeó con el escudo, tumbándolo. Nathaniel llegó finalmente, a la carrera, y uso su hacha para terminar con la revuelta.

Tras la batalla, solo se escuchaban los quejidos de los heridos. Los lamentos de los familiares. El olor de la muerte. Y Thom, rodeado de sus pupilos agonizaba. Miraba con fijeza al cielo, inconcebiblemente luminoso, azul, recortado entre las copas de los árboles. Ni siquiera una nube lo manchaba.

“Deberíamos buscar a un medico”, dijo finalmente Kyle.
“No…”, consiguió murmurar Thom, “… no. No. La Guardia Ratón es un cuerpo. Nadie va al me… médico por un arañazo en un dedo. Mi tiempo ha pasado”.
“Thom…”, gimió Sloan.
“Lo has hecho bien… lo has hecho muy bien”, sonrió el moribundo mirando a Sloan. De repente recordó algo, cogió su espada y cortó un trozo de su propia capa, con torpeza. Solo una esquina. Luego le tendió el trozo de color rojo y la espada a la joven, aun sonriendo, y ya no habló más.

EPILOGO
“¿Abuelo, y que pasó entonces?”, preguntó el pequeño ratón blanco.
“ A Thom lo enterraron”, respondió el abuelo.
“¡Aquí? ¡En Sprucetruck?”, preguntó el inquieto joven, como ansioso de encontrar el lugar.
“No, no… lo pusieron en un carro y sus hermanos lo llevaron a Lockhaven. Ellos dijeron que tenía que cumplir su última misión. Reportar el éxito. Fueron a Lockhaven para descubrir que la rebelión de Medianoche había sido sofocada. El esperaba que sus fuerzas de Sprucetruck regresaran casi intactas. Y no volvió ninguna. Además, llevaron consigo las feromonas. Fueron restauradas las fronteras de olor y después del invierno, vino una primavera y las cosas, al final, mejoraron. Terminó el hambre”, divagó el anciano.
“¿Pero que les pasó a los Guardias Ratón, abuelo?”, se enfadó el pequeño.
“Ah, si, lo siento. A Thom le enterraron en Lockhaven, entre los héroes de la Guardia Ratón. Los tres supervivientes, Sloan, Nathaniel y Kyle fueron honrados por la Guardia y la ceremonia de aceptación de Sloan se celebró poco después. La matriarca leyó la carta de Thom sobre su pupila, y Sloan aprendió mucho sobre si misma ese día. A su lado, estaba la capa y la espada de Thom, en representación de su tutor. Thom había elegido para ella el color rojo. Creía que el rojo representaba bien la pasión que llevaba dentro, que la podía ayudar a hacer muchas cosas grandes, pero que esa pasión la podía arrastrar a tomar decisiones equivocadas que desembocaban en dolor. El rojo era un color dual. Quería Thom que ella lo recordase.”
“¿Y lo recordó, abuelo? ¿Qué les pasó luego? ¿A los tres ratones?”.
“Eso es historia para otro día. Venga pequeño, tu madre debe estar preguntándose donde nos encontramos”
“¡Pues aquí, en el campo de los héroes!”, canturreó feliz en pequeño, “¡donde cuatro ratones resistieron la ofensiva de veinticinco guerreros!”, siguió estocando imaginarios enemigos con una pequeña rama a modo de espada.
“Si, pero no se lo digas a tu madre, o me regañará”, comentó jocoso el anciano, con un brillo nostálgico en los ojos.
“¿Sabes abuelo?”
“Dime”
“¡De mayor quiero ser Guardia Ratón!”.

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Quaid

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